viernes, 22 de febrero de 2013

Busco una solución rápida, ya no puedo más.

La frustración surge cuando no logramos nuestros deseos y se manifiesta mediante el enojo, la depresión, la tristeza o la ansiedad. Se relaciona con una percepción exagerada y abrumadora de la situación que vivimos y el autoconvencimiento de que ese malestar es insostenible y no lo podemos tolerar.
Creemos equivocadamente que nuestra vida siempre debe ser fácil y lo más placentera posible, creencia que choca inevitablemente contra la realidad. Esto hace que muchas veces abandonemos proyectos personales o ciertas situaciones porque no sabemos cómo manejarlas sin angustiarnos.
Lamentablemente el mundo no gira de acuerdo a nuestros caprichos y cuando no podemos salirnos con la nuestra no es el fin del mundo, siempre hay otra actitud a escoger, otro camino a elegir en lugar de enojarnos o entristecernos. La satisfacción instantánea es un gran engaño, ya que suele ser demasiado efímera y muchas veces caemos en actitudes dañinas para nosotros mismos con tal de lograr una solución rápida a aquellas cosas que por sí mismas necesitan de tiempo para evolucionar. Por ejemplo, por más que hagamos dietas milagrosas los kilos regresan o las secuelas en nuestra salud quedan.
Vivimos en una sociedad donde cada vez más, queremos soluciones rápidas. Frecuentemente las personas a la mínima molestia,malestar o sufrimiento buscamos una solución para hacer que desaparezcan esas sensaciones.
Si me duele la garganta, me tomo un frenadol o voy al medico a que me recete algo, y si hablamos de malestar psicólogico las personas buscamos soluciones sin querer cambiar. Tengo una paciente que constantemente me pregunta si puedo hablar con su psiquiatra para que le de una pastilla para la rabia que tiene a su marido y otra para el resentimiento que siente hacia su madre, sin embargo repite lo mismo sin escuchar ni una palabra más de lo que se dice en terapia .Los frecuentes: “ Ya no puedo más, necesito una solución”, en pocas ocasiones están seguidos de un “ Me pongo manos a la obra para solucionar esto y modifico lo que estoy haciendo, para llegar a sentirme de otro modo”.En definitiva buscamos que las cosas se solucionen de forma instantánea y por supuesto sin mover un dedo ni esfuerzo alguno por nuestra parte, que para eso ,“ están los médicos que entienden y me darán algo que me quite esta angustia”
Cuesta entender que las emociones son necesarias y debemos sentirlas, procesarlas, encajarlas y modificar nuestros pensamientos si queremos que cambien esos sentimientos que nos incomodan. Cuesta entender, que a veces debemos pararnos y escuchar a nuestro cuerpo y a nuestras emociones para descifrar el mensaje que nos envían y modificar la ruta que estamos siguiendo desde hace tiempo en busca de otro camino que nos proporcione mayor bienestar y felicidad.
Nos frustramos y solemos abandonar los procesos que requieren un esfuerzo a la primera de cambio, buscando otro profesional que nos ayude pues el anterior no me funcionaba y requería que yo hiciese un esfuerzo. Proyectamos en los demás nuestras responsabilidades y tapamos durante años nuestras emociones con cualquier pastilla que las disimule o las tenga a raya.
La baja tolerancia a la frustración tiene sus comienzos en nuestra infancia, todos de niños somos muy narcisistas y creemos merecer todo lo que deseamos, el niño quiere las cosas y las quiere ahora.
Para tolerar mejor la frustración tendremos que cultivar nuestra paciencia y tolerancia ante aquella dificultad que no puede ser cambiada de inmediato. Aceptar la realidad nos permite aceptar la vida tal cual como se nos presenta en el momento actual y nos ayuda a manejar aquellas situaciones que por ahora no pueden ser cambiadas.
Debemos aprender a ver las cosas desde otra perspectiva, desafiando esas creencias erróneas que nos llevan a no soportar nada poco placentero de nuestra realidad. Cuando te sientas frustrado no corras a buscar la solución más rápida y dañina, piensa en cómo te sientes, respira hondo y reflexiona en como actuar de otro modo. Por más incómodo que sea el malestar tienes la fuerza para soportarlo. Lo malo siempre pasa tarde o temprano, debemos ser pacientes con nuestra vida que está llena de tormentas y de paz, las cosas no siempre pueden salir a pedir de boca pero ninguna situación es para siempre. La paciencia no tiene nada que ver con tiempos de espera, sino con la fortaleza para enfrentar el dolor sin perturbarnos emocionalmente. Nuestra respiración está diseñada para centrarnos en nosotros mismos o algún otro objeto para poder calmarnos. Concentrarnos en la respiración es muy útil cuando nos sentimos sobrepasados por determinada situación, distraídos, preocupados.
Aceptar lo que sientes es nececesario, pues escaparnos del dolor solamente traerá peores consecuencias, debemos aprender a estar en paz con nuestra propia realidad. La aceptación es necesaria para el cambio, para poder reaccionar y actuar. Existen ciertas cosas que no tienen solución, pero otras sí, el primer paso es saber diferenciar estas situaciones y aprender a estar en armonía con lo que sucede a nuestro alrededor. Solamente cuando somos concientes de nuestra realidad es cuando tenemos el poder de hacer algo al respecto.
El sufrimiento ocurre cuando somos incapaces de aceptar las situaciones dolorosas, cuando luchamos con todas nuestras fuerzas para erradicar el dolor de nuestro plano conciente, cuado quiero que mi ansiedad desaparezca de un plumazo o con una pastilla sin pensar el que es una señal que me esta indicando un camino, un cambio y una evolución personal.  El sufrimiento es el dolor además de la no aceptación del mismo. En la lucha para huir del dolor nos quedamos atascados en negar la realidad y es lo que mantiene el sufrimiento.
La frustración es parte de la vida, no podemos evitarla, pero si podemos aprender a manejarla y a superarla. Tolerar la frustración nos permite enfrentarnos con éxito a la vida. El camino al éxito, está formado por aceptación, acción y perseverancia. Cada paso, por pequeño que sea, te acerca a la meta.

viernes, 4 de enero de 2013

Nuevo año:Nuevos pensamientos.


Empieza un nuevo año. Los Mayas anunciaron que sería el último. Quizá nosotros debiésemos reflexionar y plantearnos que sea el último en el que no hagamos nada para evolucionar, cambiar, mejorar, en definitiva, intentar no quedarnos estancados en pensamientos que desde hace ya tiempo nos limitan.
No cabe duda que nos condicionan innumerables factores, como nuestra cultura, el ambiente donde nos criamos o nos movemos y, en particular, aquello que nos enseñaron de pequeños y que se grabó en nuestras mentes, convirtiéndose en automatismos que, en muchas ocasiones, nos llevan a sufrir innecesariamente.
Miramos al pasado con esos condicionantes, sintiendo muchas veces culpa, remordimiento, y tememos que el futuro no sea lo esperado, sintiéndonos con miedo, ansiedad y angustia ante lo que nos espera.
Nuestro pensamiento crea nuestra realidad, por tanto, si nuestra realidad presente no es la que desearíamos, quizás podríamos empezar por modificar esos pensamientos. Sin embargo, sentimos una extraña comodidad dentro del incómodo mundo que nos hemos montado, pues es lo que conocemos, lo que nos hace sentir seguros aunque no nos guste demasiado. Sabemos manejar esa situación y esa realidad. Un cambio de perspectiva implica reconocer que nuestros mecanismos ya no funcionan y se traduce en “salir de nuestra zona de costumbre o seguridad” que tan celosamente y durante tanto tiempo hemos defendido, convirtiéndola en una especie de cárcel.
Podríamos compararnos con ese jilguero que tenemos en una jaula en nuestra cocina desde hace ya tantos años que ya no recordamos cuándo entró en nuestras vidas. Si le abrimos la puerta de la jaula no irá más allá de la sala de estar para regresar prácticamente de inmediato a su encierro, aún cuando las ventanas de casa estén abiertas indicando el camino de “la libertad”. Esto se debe a que lo que hay fuera resulta desconocido y nos asusta.
Sentimos gran miedo a equivocarnos, a embarcarnos en la incertidumbre de lo desconocido y, sin embargo, sólo a través de los errores podemos llegar a aprender, cambiar, mejorar y evolucionar.
Otras personas se escudan en el “yo soy así y no puedo hacer nada para cambiar, ya que siempre fui así, desde que nací”…”es mi carácter…cómo voy a cambiar a estas alturas”. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, ya que el primer paso para cambiar es quererlo, desearlo con fuerza y estar dispuesto a equivocarse por el camino.
Sin duda ese cambio debe venir desde algo que me motive a hacer el recorrido, pues si algo me motiva el camino se me hará más ameno y agradable y no tendré la tentación de abandonarlo a la primera de cambio. Por eso, en ocasiones, solicitar ayuda para elegir qué camino escoger es una buena opción y un signo de valentía.
Si dejamos de aprender y de evolucionar nos quedaremos obsoletos, desfasados, fuera de lugar, perdidos. Así, las preocupaciones que siempre hemos tenido se acentuarán y se repetirán de forma constante convirtiéndose en obsesiones. Debemos cambiar, salir de esa “zona de seguridad”, olvidar el refrán absurdo de “más vale lo malo conocido…” que nos invita al conformismo de la infelicidad. El movimiento es vida y en lo nuevo están las posibilidades de mejora, pues aquello viejo que hace ya tiempo que no me funciona no lo va a volver a hacer de repente, sin más. Necesitamos ser más humildes para afrontar el cambio, estar dispuestos a caernos para luego levantarnos. Lo desconocido requiere más esfuerzo personal que lo ya descubierto, pero nos abre nuevas posibilidades. Dejemos pues con el año que finalizó el miedo a equivocarnos, ya que no podemos aprender sin errores, y seamos capaces de salir de la jaula y volar hacia la ventana, para surcar el inmenso cielo azul con el viento como motor, aunque a veces este no vaya a nuestro favor.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Aunque en Navidad no estén todos, podemos soñar.

Una vez más, el año se acaba y, como siempre, nos proponemos nuevos retos y objetivos. El final del año parece hacernos reflexionar y analizar nuestros logros y fracasos.
Para muchos, las navidades son fechas de alegría, fiesta y celebración; para otros en cambio, fechas de tristeza y nostalgia. Si los logros fueron pocos y los fracasos abundantes será más fácil sentir la tristeza y nostalgia que si el año nos regaló éxitos y alegrías.
Recordamos con añoranza a personas que ya no están y formaron parte importante en nuestras vidas, notamos su ausencia, más aún si su silla está vacía o la ocupa alguien distinto. 
Mucha gente se siente sola, mientras otros se reencuentran y están cerca de los que quieren. Sea cual sea nuestra situación debemos intentar vivir las emociones que sentimos desde una posición de mejora y evolución constante.
A mí, las navidades me devuelven recuerdos nostálgicos de mi abuela, la persona que fue el pilar de mi vida. Ella reunía a toda la familia entorno a una mesa y desde su marcha la mesa ya no volvió a ser tan grande y llena de amor. Sin embargo, disfruto de ese sentimiento de nostalgia y dejo que me abrace esa emoción, sintiéndome afortunada de que formase parte de mi vida y sé que de algún modo continúa presente en mi corazón, dejando que nazcan ilusiones nuevas que ella me hizo descubrir de niña.
Igual que me sucede a mí, os invito a todos a transformar recuerdos de nostalgia y tristeza en experiencias irrepetibles; quizá muchos, como yo, notéis que ya sois pocos y faltan muchos, quizá otros sintáis que no podéis cenar manjares, pero siempre se puede adornar una mesa como un día especial y cocinar con más amor lo mucho o poco que tengamos; si te sientes solo puedes llamar a esa persona que hace tiempo quieres perdonar o pedir perdón y reconciliarte con ella, y siempre puedes recordar con amor a los que ya no están y sentir que de algún modo continúan en la mesa, abrazándote y participando al estar presentes en tus recuerdos y emociones.
Despide 2012 con alegría y sin añoranza y da la bienvenida a 2013 y a todo lo bueno que está por venir con él. Da gracias por haber estado disfrutando este año que se acaba de la gran aventura de la vida, con sus momentos buenos y malos. Intenta desear más y soñar más en que este año será mejor y seguro que la vida se parecerá un poco más a lo que siempre habías deseado.
Soñar, desear, confiar, creer en ti y en que las cosas mejorarán son las herramientas más poderosas que existen para conseguir lo que anhelas. Guíate por ellas y cada día vivirás un milagro.
Este año, en mis navidades faltarán muchos que ya no están y otros que no pueden venir, pero mientras escribo estas letras mi madre está volando hacia esta isla, mi segundo hogar; y el jueves hará lo mismo mi hermana, mi otra mitad. Con ellas y los que siempre están a mi lado intentaré vivir las mejores fiestas. Os deseo a todos que utilicéis el gran poder que tenéis en vuestro interior para reconvertir la nostalgia en amor y la tristeza en alegría, a reconvertir vuestras emociones en el mejor regalo que podamos recibir en estas fiestas.

domingo, 25 de noviembre de 2012

La pareja es cosa de uno


La personas creemos hallar en ocasiones el remedio a nuestros males al encontrar a alguien que nos entienda y con quién compartir nuestras penas y nuestras alegrias. Pensamos así que si tuviésemos una pareja seríamos felices y no sufriríamos tanto. Sin embargo, muchas veces la pareja es el motivo de nuestro malestar, sobre todo, si en ella se depositan todas las expectativas o creemos encontrar en ella la clave del sentido de la vida
En la mayoría de las ocasiones, si no poseemos un equilibrio psicológico y un estado adecuado de salud mental, será mucho más difícil que la pareja funcione y no existan las frecuentes discusiones y malentendidos, presentes por otra parte en todo tipo de relaciones humanas, pero siendo en el vínculo amoroso donde se consolidan, pudiendo anidar en él de un modo patológico.
Además, las personas elegimos a la pareja desde nuestra parte más patológica y desde dónde nuestros conflictos intenos no estan resueltos, como si nos pusiésemos a prueba con el más difícil de los exámenes, quedando así frustradas nuestras expectativas o planes de felicidad futura.
El vacío afectivo, la falta de contacto con nosotros mismos, el buscar en el otro lo que no encontramos en nuestro interior son algunos de los motivos que nos hacen pensar que si alguien nos da lo que necesitamos y nos entiende dejaremos de sentir ese malestar o vacío emocional. Todo parte de la siguiente premisa: no podemos tener algo que nunca se nos dio. A veces, en la infancia, sufrimos carencias y, más tarde, necesitamos que alguien nos dé eso que nos faltó; es entonces cuando se lo pedimos a nuestra pareja, creando una dependencia hacia esa persona, una adicción personal. La obsesión puede venir precisamente de ahí; si nuestra pareja o persona deseada no nos da lo que queremos generamos una gran frustración que nos lleva a obsesionarnos con esta persona, ya que en nuestra fantasía soñamos en que nos tiene que dar aquello que necesitamos, igual que lo que siente un adicto por las drogas. Una de las funciones del psicólogo es tratar de que la persona busque en sí misma, y no en sus parejas, sus propias carencias, entendiéndolas y aceptándolas, despejando así el vacío y dejando de sentir ese malestar emocional que les atormenta.
Cada vez me encuentro de forma más frecuente en mi consulta malestares emocionales relevantes, causados por conflictos en las relaciones de pareja. Si bien cada caso es particular, existe una expresión común en todas ellas: la queja. Los hombres se quejan de no saber ya cómo abordar a las mujeres, de que hagan las cosas como las hagan no será nunca al gusto de su pareja. Las mujeres se quejan de sentirse solas en el vínculo afectivo, de la falta de iniciativa de sus parejas, su desinterés por algunas cosas y la falta de comunicación.
En definitiva, el encuentro y el desencuentro amoroso hoy está mucho más presente en nuestras consultas como profesionales de psicología y eso tiene muchas reflexiones positivas y negativas al respecto del aumento de personas que acuden a realizar una terapia de pareja.
Alguno de los aspectos positivos es, sin duda, que la realidad social de la pareja hoy día pone el acento más en la igualdad y en los derechos que en la diferencia que los une. El hecho real de la incorporación de la mujer al trabajo, lugar antaño reservado al hombre, modifica sustancialmente la connotación que cada rol tenía en la pareja y los conflictos se intentan resolver en un juego especular; los dos deben repartirse las responsabilidades como si se tratara de una justicia distributiva: el trabajo, los niños, las deudas, etc. Desde esta exigencia, todavía las parejas entan perdidas y necesitan muchas veces la ayuda profesional, siendo de vital importancia acudir a realizar una terapia de pareja antes de que la falta de comunicación o de respeto haga que sea demasiado tarde para que pueda ser efectiva.
No debemos engañarnos pensando que existen principes azules y que cada vez que una relación de pareja no funciona el motivo es que la persona me ha decepcionado y no es lo que buscaba o esperaba; pero por el contrario tampoco debemos pensar que la relación debe seguir a toda costa a pesar de que el respeto, la comunicación y la búsqueda de objetivos conjuntos se haya perdido, sólo por el miedo a quedarnos solos.
La pareja es alguien que no limita y se enorgullece de nuestros logros como si fuesen propios, que nos hace crecer, que nos acompaña en el camino, pero sin ponernos trabas o cerrarnos puertas impidiendo que caminemos por dónde lo haríamos sin que ésta estuviese a nuestro lado. El amor no es posesión, sino repeto y libertad y, como tal, cree y confía, acompaña pero no encierra.
Quiero animar a todas aquellas personas que quieran mejorar sus relaciones o disfrutar plenamente de ellas a pedir consulta y asesoramiento a un psicologo especialista en terapias de pareja cuando crean que algo falla en su relación, para así mejorar sus vidas y tener estrategias para que la comununicación y el respeto sigan presentes y avancen juntos en la búsqueda de objetivos que les hagan encontrar el sentido a sus vidas.

viernes, 19 de octubre de 2012

Una sociedad de analfabetos emocionales

Siempre he creído que la crisis económica en la que nos encontramos sumidos es una crisis mucho más profunda de valores y emociones.
Vivimos en una sociedad donde en materia emocional no hemos sido educados, conocemos los últimos avances de la ciencia y nuestros hijos van al colegio con un ultimo modelo de portátil, pero nadie les explica como construir su autoestima o adquirir empatía hacia sus semejantes. Sin duda es más fácil manejar un ordenador que aprender a manejar la compleja máquina de nuestras emociones, por eso es frecuente creer que no podemos hacer nada y que nos toca vivir con ellas y ante una reacción que no nos gusta es frecuente justificarse con las frases:” Es que soy así, tengo un carácter fuerte o difícil, entendida como una justificación para no trabajar en nuestras emociones y por tanto modificar así nuestras reacciones.
La tendencia general es reprimirlas y evitar así sus efectos negativos. Toda vía recuerdo un compañero que ante una reacción de enfado se quedó perplejo mirándome sorprendido de mi reacción frente a su aparente calma y sosiego que posiblemente le generase alguna incómoda reacción física que no asociará al acontecimiento.
No queremos dejarnos llevar por las emociones , pero las sentimos de un modo u otro y reprimirlas deja heridas también en nuestro cuerpo, que son si no ,las frecuentes gastritis, contracturas musculares, problemas en la piel y hasta otras dolencias mas graves,, son los reflejos de nuestras emociones reprimidas.
En nuestro momento histórico más que nunca. Los cambios profundos y acelerados de nuestra sociedad industrializada y consumista presionan fuertemente en equilibrio de los individuos y los colectivos, no sabemos quienes somos o quienes deberíamos ser para adaptarnos a la sociedad en la que vivimos.
Yo no quiero ese deportivo, pero quiero el amor de ese grupo de gente que me querrá más cuando tenga ese coche.
El estrés, la inseguridad, el malestar, la depresión, las dificultades de convivencia, la agresividad, el poder, la violencia. Son cada vez más frecuentes para el conjunto de la humanidad.
La cultura occidental ha creado una separación entre pensamiento y emoción que debilita la unidad de la persona.
En contraposición a todo esto, sabemos que la plasticidad del cerebro humano es permanente y posibilita que podamos modificar el pensamiento y las emociones a lo largo de nuestras vidas. De esos cambios y la educación de las emociones depende que estas influyan positiva o negativamente en las personas y por tanto en la sociedad. Podemos interpretar nuestra vida emocional e introducir cambios y podemos ayudar a otros a interpretarse y a mejorar. La relación entre pensamiento y emoción es constante como lo es entre mente y cuerpo y por tanto entre emoción y salud.
Las emociones realizan la función de regular el desarrollo individual y social. El ajuste consigo mismo, con los otros y con el entorno genera satisfacción y equilibrio personal y por tanto social.
Vivir las emociones permite descubrirnos y experimentar en que consisten, por eso debemos estar en disposición de conocerlas, llegar a conocer sus causas y descubrir las necesidades básicas que intentan satisfacer.
Vivimos en una generación llena de grandes avances y descubrimientos, podemos incluso pisar la luna y viajar a la velocidad del sonido, pero somos auténticos analfabetos emocionales.
Es evidente que debemos aprender muchas cosas para vivir y convivir, para ser personas más completas y construir una sociedad más humana y más justa, pero también debemos des- educarnos y por tanto cuestionar aspectos de nuestro modelo cultural.
Queremos ser respetuosos y solidarios, pero nos comportamos como individualistas y excluyentes, por procedimientos adquiridos o soluciones aplicadas en sentido contrario.
Debemos encontrar nuevos caminos para resolver los problemas de siempre y plantearnos nuevas preguntas. Debemos replantearnos valores como el bienestar, la solidaridad, la felicidad, el amor y darnos cuenta de su significado para nosotros. Ello nos llevará a nuevas prioridades vitales. A cambiar para mejorar personal y socialmente, en lugar de acomodarnos a la sociedad en que vivimos y renunciar a mantenernos vivos.


miércoles, 29 de agosto de 2012

Diferenciar el trigo de la paja.


En ocasiones en nuestra vida suceden acontecimientos que nos dejan inválidos y bloqueados, como la pérdida de una pareja o un trabajo; situaciones que nos hacen sentir que no somos nadie y nuestra vida ha perdido el sentido. Ya no soy la supervisora de aquella unidad o la mujer del prestigioso abogado laboralista.
Lo que hay de extraordinario en ti, sigue existiendo, independientemente de lo que sucede a tu alrededor. Tú eres lo que cuenta, no las etiquetas que te pongan los demás. Ponemos en los demás la responsabilidad de lo que creemos ser y olvidamos lo que verdaderamente somos en realidad al establecer vínculos con lo que nos rodea, si esos vínculos significan dependencia. El vínculo más importante de tu vida debe ser el que establezcas contigo mismo. Podemos perderlo todo pero conservar nuestra identidad. Existen personas que continuamente buscan respuestas y otras, en cambio, que huyen de hacerse preguntas refugiándose en una rutina llena de quehaceres y actividades que les dejan exahutos. A veces hay que hibernar en nuestro interior para hallar la fuerza y las respuestas a todos los porqué, los quién y los qué: por qué hago, pienso o siento esto; por qué busco, quiero o espero eso; por qué insisto tanto en aquello; por qué voy siempre por este camino y no por otro. ¿Quién soy? ¿Qué quiero, qué busco, qué espero...? Todas estas son preguntas que solamente pueden ser contestadas por nosotros mismos y, en caso de no encontrar repuestas, buscar la ayuda de un psicólogo cualificado que simplemente guiará el camino para reconocer las respuestas. Solamente de esta forma podremos diferenciar el trigo de la paja, lo que debemos ser de lo que queremos ser, lo que somos en realidad.

Es difícil, pues a nadie le gusta verse cómo en realidad es, aceptando sus sombras, lejos de la imagen de nosotros mismos que nos ofrecen los demás o lejos de esa otra con la que pretendemos engañarnos y agradar a otros. Todo eso es difícil pero necesario. A veces habrá que cambiar ciertos aspectos de nuestro carácter que no aceptamos y eso requerirá un esfuerzo personal y una constancia en el trabajo del autoconocimiento y la evolución personal.

Pero cambiar no significa perder nuestra esencia, sino mejorar ciertos aspectos de nosotros mismos, asimilar errores, debilidades, limitaciones. Pedirte perdón, pedir perdón y perdonar. Sonreir y volver a empezar aunque tengas que cerrar alguna puerta. No sientas tristeza por ello; no te sujetes por miedo a lo que fue o no fue, a lo que fuiste o lo que quisiste y no pudiste ser. Abrirás otra puerta o ventana por la que entrará una luz más clara que antes. Piensa que tienes la capacidad de imaginar, buscar y crear hierramientas, puentes y salidas para hallar el camino hacia ti mismo; y si no eres capaz no sientas miedo ni vergüenza en pedir ayuda a un profesional cualificado. El trabajo psicológico nunca es un trabajo rápido y depende de las ganas de evolucionar de cada persona. En mi carrera profesional he encontrado cambios espectaculares y mejorías increibles en espacios cortos de tiempo; otras personas, en cambio, más reacias a la terapia, han necesitado tiempos más largos pero han caminado finalmente hacia la salud y la paz interior. Adquirimos hábitos y nos es más fácil regresar a lo conocido que encaminarnos hacia lo que aún está por crear. Quiérete, compréndete y ten paciencia contigo mismo cuando te caigas nuevamente.

Quiero acabar con una metáfora que utilizo mucho en consulta.
Al empezar un proceso de evolución personal somos un barco que ante cualquier tormenta se mueve a la deriva y cada vez acaba en una orilla diferente que le cuesta reconocer trás el naufragio; sin moverse se queda esperando el siguiente temporal con más o menos miedo.
Al finalizar somos un barco anclado, que cuando sobreviene el temporal se tambalea en la tormenta, pero cuando sale el sol, continúa en el mismo lugar donde estaba antes de empezar la tormenta, por lo que permanece anclado, más firme, sabiendo que la siguiente tormenta ya no lo moverá de su hogar.