domingo, 8 de marzo de 2015

MAS ALLA DE LO QUE SENTIMOS

Existen cosas que van mucho más allá de lo visible y razonable; es aquello que sentimos y se escapa a nuestro control.
Aunque nuestro cuerpo nos envía todo tipo de señales para interpretar el alma seguimos tratando de buscar causas racionales a problemas emocionales. Ante emociones que podemos tener enquistadas en nuestro interior, nuestro sistema inmune reacciona, debilitándose a medida que las va procesando. Buscamos soluciones prácticas y curar heridas con tiritas que no dejan cicatrizar el alma.
Esas señales que nos envía el cuerpo nos indican a veces que estamos eligiendo una ruta emocional inadecuada, un camino que no es el apropiado para ser felices. Cada uno de nosotros nacemos con un potencial increíble para desarrollar lo que en esencia somos, pero en ocasiones nos alejamos de aquello que nos proporciona el equilibrio emocional.
¿Qué me pasa? ¿Ante qué reacciono? ¿Qué cosas y personas me alteran y por qué? ¿De dónde viene la insatisfacción que siento con todo? ¿De dónde esa rabia?
Deberíamos preguntarnos también por qué últimamente siempre me duele la cabeza, o la espalda, o la comida me sienta mal; quizá estamos cargando con dudas, con pesos que debemos soltar o tragando cosas que no podemos digerir. Sin embargo, ante cualquier dolor del cuerpo, buscamos una pastilla que lo aplaque y ante cualquier dolor emocional buscamos también una píldora que elimine esa emoción. De hecho entre los fármacos más vendidos se encuentran los antidepresivos y los ansiolíticos. Sin embargo la tristeza no es algo insano que tenga que ser tapado, sino más bien una emoción que, en momentos de nuestra vida, debe ser aceptada y ayudarnos a encontrar el camino hacia otras emociones. La ansiedad no es más que un indicador de alerta que me señala que reacciono excesivamente ante amenazas que en realidad no lo son.
Hoy todo se quiere solucionar rápido y nos olvidamos, sumidos en ese ritmo vertiginoso en el que vivimos inmersos, de sentir las emociones, de vivir. Sentir es entender y avanzar, conviviendo con el sufrimiento y creciendo a través del mismo. Reconociendo y aceptando la angustia se llega a la paz. No rehuyendo el miedo se atraviesa y se supera. Las emociones son todas sanas mientras no nos quedemos permanentemente enganchados a ellas. Por ejemplo, la tristeza en sí misma no tiene por qué ser insana, pero si nos enganchamos a ella se convertirá en una enfermedad, la depresión.
Existe también una clara tendencia en las personas a sentir unas u otras emociones de forma habitual; aquí existen muchas causas que pueden influir en dichos estados emocionales, algunas incluso se escapan a nuestro entendimiento racional y solo uno mismo puede ser capaz de sentir algo diferente a lo que siente. Sin embargo hay un factor condicionante y determinante que influye en nuestro estado emocional que merece especial mención: los padres y, en particular, nuestras madres, el origen de donde venimos y donde misteriosamente se inicia nuestra vida, tal vez mucho antes de lo que somos capaces de alcanzar a pensar. Los sentimientos de nuestra madre ya se filtran por el cordón umbilical de
nuestras vidas y nos dejan un legado emocional de sentimientos que iremos colocando en el puzzle de nuestra andadura vital, repleto de fracasos y éxitos.
Hay un largo camino por recorrer aún para entender nuestra historia emocional y contarnos desde otra perspectiva lo que nos está pasando, ante qué reaccionamos, por qué nos sentimos así o por qué dependemos de otros para ser felices.
El sufrimiento físico o mental solo nos informa de que algo no está funcionando y debemos cambiar la ruta en nuestra vida. Muchas veces somos aquello que esperan los demás de nosotros, alejándonos de aquello que en realidad queremos ser y ya ni sabemos, pues nuestros deseos han quedado enterrados y nuestra alma sepultada en aras de hacer aquello que consideramos correcto o adecuado o que se nos presupone, pero que en absoluto nos hace dichosos y felices, pues no es aquello para lo que hemos nacido en realidad. Todos venimos a este mundo destinados a cumplir algo que nos hará felices. Sin embargo nos alejamos de aquellas emociones básicas que nos colman de felicidad y plenitud personal. Nos alejamos del amor sintiendo miedo a que nos hieran. Nos alejamos de la autonomía emocional dependiendo de otros para ser felices y atribuyendo así a otros nuestras desdichas. Nos alejamos de nuestra creatividad para envidiar lo que otros hacen o tienen y nos alejamos así de la paz en pro de una vida con más y más cosas que nos “satisfacen” momentáneamente y a su vez nos dejan insatisfechos.
Crecer es aceptar el sufrimiento y superarlo, es reconocer el miedo y traspasarlo a pesar de todo, es convencernos que nos hemos equivocado y volver a intentarlo, asumiendo nuestros errores sin tratar de buscar justificaciones en el proceder de los demás.
El camino es largo y con piedras, pero al final puede verse una orilla en calma de aguas cristalinas donde pararse y reposar para tomar aliento y sentir la paz del camino disfrutado y pisado.

lunes, 9 de febrero de 2015

¿No seria mejor aprender a nadar?

Los seres humanos nacemos para establecer lazos entre nosotros, pero nadie nos enseña a controlar su impacto en nuestras vidas. Dependiendo de las relaciones del primer grupo humano, nuestra familia y lo sanas y fluidas que hayan sido dichas relaciones, estableceremos el resto de lazos futuros.  
Algunas personas no conciben la vida sin su pareja, madre, amiga, trabajo; ahora bien, ninguno de éstos es imprescindible para salir adelante, como si de aire o agua se trataran. Todos sentimos afecto y simpatía hacia algo o alguien, pero la existencia de ese sujeto no debe condicionar nuestra felicidad. Quien no está dispuesto a la pérdida renuncia a uno de los rasgos innatos del hombre: la autonomía, la capacidad de gobernarse uno a sí mismo y ser libre.
Para otros el amor se convierte en una verdadera obsesión que lacera completamente las posibilidades de crecimiento de la pareja. En el ámbito psicológico este problema se conoce como “dependencia emocional o afectiva" Estar "enganchado" emocionalmente a alguien consume nuestra energía, libertad y salud mental. Ese vínculo obsesivo y enfermizo implica miedo y angustia a perder a la persona, incluso aunque esta nos dañe. Soltar lastres y desprendernos de aquello que nos hace daño es una de las mayores dificultades, en especial para personas que no han establecido afectos sanos y seguros desde la niñez.
Las relaciones terminan, los padres se mueren, las condiciones de trabajo varían, pero algunos se sorprenden al descubrir en primera persona esta realidad. Nunca están preparados para el duelo. Si a dicha actitud le añadimos la incapacidad de manejar los conflictos sin pedir ayuda psicológica para resolverlos, la probabilidad de desarrollar dependencia emocional es mucho mayor.
Las personas con dependencia emocional sienten una sensación desproporcionada de placer y euforia cuando se está con la persona amada y ansiedad o tristeza cuando se está alejado de ella; cuando estas emociones se magnifican nuestra vida emocional depende de otro y tenemos que preguntarnos si no nos estamos perdiendo a nosotros mismos.
Al igual que sucede con las drogas, la dependencia emocional genera la necesidad de incrementar el contacto con la otra persona hasta el punto que se intenta acaparar todo su tiempo, conocer todos sus pensamientos y formar parte de toda su vida y mundo interior,siendo más importante resolver los problemas y conflictos del otro que los de uno mismo, perdiéndose así los límites de la personalidad.
El principal problema de la dependencia emocional es que se va instaurando poco a poco, a menudo con el consentimiento del otro miembro de la pareja o persona querida. De una forma u otra, debemos tener claro que en la adicción al amor hay dos protagonistas: el que ama en demasía y el que se ha dejado amar de esta manera. De hecho, muchas parejas logran establecer un equilibrio que dura años, hasta que uno de los dos (normalmente el que es controlado y recibe el amor) se cansa y decide poner fin a la relación de pareja enfermiza. Obviamente, esta no es la solución ideal. En todo caso, estas relaciones donde una persona es dependiente emocionalmente de la otra, son insanas y desequilibradas. Este tipo de situaciones conforman un terreno donde los miembros de la pareja no pueden crecer como personas y donde ninguno de los dos se siente realmente satisfecho ni feliz.
Aunque objetivamente, y visto desde fuera, este tipo de relación sea insalubre, lo cierto es que engancha muy fuertemente a los dos miembros. Ambos miembros saben que las consecuencias de la relación son negativas, pero no pueden cortar el vínculo de unión.
 En casos extremos nos encontramos con  que estas relaciones tóxicas terminan en situaciones de maltrato, donde el dependiente dominante necesita humillar, vejar y maltratar a la otra persona, considerándola de su propiedad, pero no la abandona y no acepta que sea la otra persona la que le abandone.
Muchas personas obsesivas y perfeccionistas adoptan una férrea rutina de trabajo de la que no pueden despegarse aunque quieran. Otras se angustian al imaginar su vida sin su pareja. Una de las causas de la adicción es la inmadurez emocional: quienes encajan en el perfil tienen poca tolerancia a la frustración, son vulnerables e incapaces de hacer un buen manejo del placer.
El dependiente carece de libertad y no sabe tomar decisiones en primera persona. Es cierto que el objeto de deseo brinda una tranquilidad transitoria mientras está ahí, pero cuando desaparece, la sensación es insoportable.
¿Merece la pena vivir con ansiedad por miedo a perder lo que, en teoría, nos da la felicidad?
Desprenderse emocionalmente de alguien no implica tener indiferencia afectiva, es decir, que tu dolor no me duela y tu alegría no me alegre. Significa "estar contigo" pero no sentirme preocupado por la relación, que "tú no me definas y yo no te posea”.
Uno de los principios clave para superar la dependencia es la aceptación; aceptar que nada es para siempre. La permanencia no existe. “Las cosas cambian, se transforman y se pierden". 
Una manera de crear resistencia frente a los apegos y un entrenamiento simple podría ser el siguiente ejercicio: “métete una galleta de chocolate en la boca y sácatela tal cual está”. Aprende a sobrevivir sin lo que crees que aporta sentido a tu existencia.
Otro ejemplo sería convertirse en un banco de niebla. Eres un ser nebuloso que no atrapa insultos ni críticas. Si dejas que las palabras dolorosas te atraviesen evitarás, por ejemplo, depender de la aprobación de los demás. “Es mejor que te aplaudan a que te silben, pero si no puedes vivir sin el aplauso, tienes un problema”.
Otro aspecto importante para afrontar la dependencia es aportar a la persona una dosis de realismo. “Hay que ver las cosas como son". Los budistas enseñan una virtud: la desesperanza, o ”Aprender a perder es importante para no toparse con la realidad y sufrir en exceso".
El apego biológico a los hijos es inevitable, pero de preocuparnos por ellos a tener una actitud sobreprotectora hay una distancia considerable. Hay quienes impiden que su hijo salga con sus amigos, llegue tarde a casa, se independice, sea libre y aprenda a hacerse cargo de sí mismo. Cuando llega el momento de la independencia emocional del hijo, algunos padres entran en crisis. ¿Acaso creemos que la infancia es eterna?.
En mi experiencia terapeútica me he encontrado hijos dependietes siempre procedentes de padres dependientes que proceden a su vez de abuelos dependientes y así podríamos retroceder en el arbol genealógico, a saber cuantas generaciones. En algún momento alguien llega para cortar ese ciclo de repeticiones patológicas y suele ser la persona que llega a la consulta, la "oveja negra", la que sale de ese rebaño eterno de ovejas blancas que pastaban una hierba que no les sentaba bien pero no vieron jamás que a su alrededor había otros prados de hierba fresca donde pastar libremente, pues lo más cómodo era seguir en el prado conocido sin moverse. El dependiente emocional siempre alberga en su interior un profundo miedo al cambio.
Querer a la familia no está reñido con tener autonomía. “Hay que estar pendiente, pero no ser dependiente“. Nos alegramos de su felicidad y sufrimos con sus tristezas, pero no dependemos de ellos y su felicidad para la nuestra propia.
Estar enamorado no implica no poder vivir ni disfrutar si nos alejamos de la persona amada o si esa persona se aleja de nuestras vidas. 
Levantamos ideales de barro que se derrumban con la lluvia, dejándonos el alma mojada.
Imagina que te dan un salvavidas para cruzar el río porque si no, te hundes; entonces dependes del flotador. ¿No sería mejor aprender a nadar?. Muchos de los apegos existen porque te ayudan y mantienen tu falta de habilidad. Resuelve tus déficits para no engancharte a las soluciones fáciles.

martes, 23 de diciembre de 2014

NAVIDAD, TIEMPO DE SUEÑOS


Queda poco para estrenar un año más, y estas fechas nos generan una sensación muy agradable, algo similar a lo que siente un niño al contemplar su libreta nueva para la escuela, limpia y con todas las hojas en blanco esperando a ser escritas. El año nuevo se nos presenta como una oportunidad más que nos ofrece la vida para volver a comenzar o a mejorar. Es tiempo de formular deseos o hacerse propósitos nuevos que, como si de un borrón y cuenta nueva se tratase, nos llenan de ilusión para empezar con más ganas el nuevo año. Sin embargo, es importante no olvidar que cada día es un regalo y una oportunidad, por lo que no debemos cerrarnos y pensar que solo en fechas como éstas podemos proponernos cambios en nuestras vidas.
Muchos pensamos que la felicidad es una meta que podemos alcanzar, siempre y cuando cumplamos unos requisitos: seré feliz cuando tenga un trabajo mejor, cuando encuentre pareja, cuando baje esos kilos de más... pero pensando así condicionamos nuestra felicidad al futuro y a situaciones que tienen que ver con algo ajeno a nosotros o que se presenta fuera de nuestro alcance. Por eso debemos apreciar lo que tenemos en el presente, ya que lo importante es disfrutar de este momento al que hemos llegado, seguro, tras alcanzar muchas metas previas, sin por ello dejar de tener metas futuras. También es común pensar que la felicidad es para siempre o que una vez que la alcanzamos permaneceremos felices sin mayor esfuerzo. Pero la felicidad no es un estado permanente; es como una cumbre, un momento en el tiempo en que la plenitud del individuo llega a sus máximos niveles, un culmen en medio de una vida que desfila por momentos altos y bajos. Cada momento es importante, pues si no conociésemos el sufrimiento no podríamos valorar y disfrutar de la felicidad. Lo importante es, pues, llenar nuestras vidas de muchos de esos buenos momentos felices, que nos motiven a seguir adelante y a aprender de los momentos difíciles. Por último, una de las cosas más importantes para alcanzar nuestras metas es tener bien claro lo que está en nuestras manos y lo que no. Podríamos considerar esto como la diferencia entre los propósitos y los deseos. Un deseo es algo que queremos obtener y que puede depender de nosotros, de algo externo o de ambos factores; un ejemplo sería el de querer encontrar pareja. En cambio, un propósito es una meta a cumplir por nosotros mismos, es decir, que se encuentra en nuestras manos, como intentar esforzarse por llevar una vida más sana para sentirse mejor con uno mismo. Este propósito no solo es más realista sino que nos va a dar más posibilidades de alcanzar el deseo, por ejemplo, de encontrar pareja.
Es por todo esto que es importante vivir nuestra vida en equilibrio, aprovechando cada momento para mejorar, cumpliendo nuestros propósitos, así como aceptando nuestro presente sin dejar de mirar al futuro. De esta manera podremos llenar nuestras hojas, en blanco, de momentos felices.
Aprovechemos esta libreta nueva que se abre en pocos días para rellenarla de oportunidades, regalos, deseos, sueños, esperanzas, ilusiones, abrazos, besos, y todo aquello que llene las hojas de conservas emocionales para cuando vengan malos tiempos y la libreta se impregne de lágrimas que no nos dejen ver lo escrito. Será en ese momento cuando podremos volver a leer esas hojas llenas de sueños cumplidos.
Os deseo a todos el mejor de los años y que vuestros deseos se tornen realidad.

sábado, 18 de octubre de 2014

Practicar la gratitud.

Todas las emociones son necesarias y útiles. Saber expresar lo que sentimos forma parte de nuestra inteligencia emocional y es una forma de acercarnos a una mejor salud mental. Todos tenemos el derecho a sentirnos como lo hacemos en cada momento ya que cualquier sentimiento va implícito a nuestra condición humana; además, darnos la libertad de estar decaídos o tristes, contra lo que podamos pensar,es algo positivo, necesario y enriquecedor. Sin embargo no podemos dejarnos embriagar por la tristeza y acomodarnos en ella.Cualquier emoción en exceso no es adecuada, incluso un exceso de positivismo puede hacer que generemos unas expectativas irreales, poco coherentes con nuestras capacidades y circunstancias, y esto contribuir a aumentar nuestro nivel de insatisfacción y a generar frustraciones que nos resulten perjudiciales.
Una de las alternativas al positivismo exacerbado centrado en las expectativas referentes al futuro es el hábito de practicar la gratitud, es decir, el hábito de reconocer (darnos cuenta) y de sentirnos agradecidos por todo lo que tenemos (y obtenemos), en vez de centrarnos en todo aquello que nos falta. 
Reconocer y, en cierto modo, conformarse con lo que uno tiene (y obtiene) no significa dejar de estar interesado en mejorar, ni tampoco rendirse ni bajar la cabeza; no tiene que ver con resignarse, sino con ser consciente y aceptar las limitaciones propias, abandonando las prisas y las urgencias por cambiar aquello que nos rodea y no nos gusta. 
Si nos precipitamos es cuando las expectativas pueden resultar dañinas y generarnos ansiedad, convirtiéndose en obstáculos para tener una relación sana con la vida: cuantas más expectativas tengamos, menos habremos satisfecho, y por tanto más insatisfacción sentiremos. 
 En este sentido practicar la gratitud aprendiendo a dar las gracias, tanto por lo que tenemos como por lo que nos dan, me parece un buen ejercicio y una gran fuente de bienestar, porque además de hacernos sentir bien a nosotros mismos y a los demás, es algo que nos ancla al presente, permitiéndonos abordar el cambio y la mejora desde la consciencia y la serenidad, alejándonos de las urgencias. 
Si esperamos despertar cada mañana es poco probable que nos sintamos agradecidos por estar vivos. 
Hay personas que parecen capaces de agradecer todo aquello que la vida les pone en su camino sin aparente esfuerzo, y sin embargo otras a las que les cuesta un mundo porque todavía no han aprendido cómo hacerlo. Muchas de estas últimas parecen incapaces de practicar la gratitud porque casi nunca están conformes ni contentas con lo que tienen y les sucede, por no hablar de que siempre quieren más y nunca se sienten saciadas o satisfechas. 

La gratitud es una actitud que nace de la humildad, por lo tanto, para ser agradecido hay que ser primero humilde, cualidad de la que las personas permanentemente insatisfechas suelen carecer. Ser humilde implica entre otras cosas: 

. Reconocer nuestros errores y limitaciones. 
. Estar dispuesto a equivocarse y aprender. 
. Saber pedir perdón. 
. Ayudar, respetar y valorar a los demás. 
. Dejar de presumir o alardear. 
. Ser generoso. 
. Hablar menos y escuchar más. 

Y no deberíamos confundir ser humilde con ser servil porque son dos cosas totalmente diferentes. Lo servil está relacionado con la servidumbre y la baja estima, sin embargo la humildad no solo es perfectamente compatible con una alta estima sino que además la fomenta. Las personas humildes son las que mejor se valoran practicando el respeto por sí mismas para, a partir de ahí, respetar y valorar a los demás. 
La expresión de gratitud más simple que conozco consiste en una mera sonrisa y un “gracias” que le haga saber a la otra persona que su presencia, su palabra, su silencio o sus actos son importantes, y que de alguna manera nos ayudó con lo que hizo (aunque no lo hiciera para ayudarnos). Se trata de demostrar respeto y de valorar lo que los demás hacen por nosotros. 
El agradecimiento sincero genera a su vez más agradecimiento; no solo se trata de agradecer a los demás, sino que debemos empezar por valorarnos y agradecernos a nosotros mismos todo lo que somos y lo que hemos conseguido, mucho más allá de los errores cometidos y de todas nuestras limitaciones. Se trata pues también de aceptar nuestros errores y permitirnos cometerlos, permitiendo también a otros que puedan errar. Esto hará que apreciemos, valoremos y vivamos el presente, aceptando la vida tal cómo es y alejando la insatisfacción derivada de pensar en cómo creemos que debería ser. 
La gratitud, además, es como un músculo que a medida que lo entrenamos se hace más fuerte, y de esta manera nos permite percibir cada vez más cosas por las que sentirnos agradecidos. Por eso es importante ser constantes y entrenarlo con regularidad y de forma consciente: no sirve de nada decir gracias de forma automática y como mera fórmula de cortesía si no lo sentimos sinceramente. 
La gratitud es una de las actitudes más importantes que puedes adquirir y una de las que más cambiará tu vida. Alguien agradecido está mucho más cerca de lo que significa ser feliz y de llevar una vida más plena de lo que lo está una persona crítica y malhumorada. 

 La gratitud también cambiará tu perspectiva de la vida. Las personas agradecidas ponen su foco en dar y en los demás; las personas desagradecidas se fijan más en sí mismos y en autocompadecerse, en su inseguridad, en sus dudas, en la envidia y deseo de ser como otros que sí son agradecidos y viven exitosamente felices. La gente agradecida es también mucho más optimista y siempre ve las circunstancias en las que se encuentra como una oportunidad para aprender lecciones y sacar algo bueno, lo cual no implica que no pase por momentos bajos y tristes, por decepciones y frustraciones. 
Ten además en cuenta que, cuando practicas la gratitud, no solo tú te sientes bien, sino que contribuyes a mejorar la vida de los demás incrementando su bienestar. Y te darás cuenta que cuanto más das, más recibes, porque cualquier acto que realices encaminado a mejorar la vida de otra persona redundará en un beneficio para ti mismo. 

La gratitud nos conecta con la vida, contribuye a la felicidad y al optimismo, reduce la insatisfacción, nos ayuda a adaptarnos a las circunstancias, mejora nuestra salud mental y eleva nuestra autoestima, confianza y seguridad, además de mejorar nuestras relaciones, haciéndolas más sanas y enfocándonos hacia lo positivo y los valores que ello conlleva. 
¿No te parecen razones suficientes como para ponerte a agradecer ya mismo? 
Yo hoy quiero agradecer a la persona tan especial que me ha pedido que escriba este articulo y a todos los que dediquéis vuestro tiempo a leerlo. Espero que lo disfrutéis y lo compartáis con otras personas a quién pueda ayudar. 






martes, 10 de junio de 2014

Terapia de Pareja, ¿ Y por qué no?

Cuando empezamos a vivir en pareja los sueños e ilusiones nos dan el coraje de enfrentarnos a todo y depositamos muchas expectativas en la persona elegida.Con los años las ilusiones disminuyen y algunos de los sueños se hacen realidad, mientras que otros se tornan imposibles; a su vez, nos damos cuenta que las expectativas puestas en la persona amada a veces resultan excesivas y nos cuesta aceptar que no sea como esperábamos.
Al elegir una pareja todo empieza bien. Cada miembro prueba sus posibilidades y límites y, en principio, muestra lo mejor de sí mismo sin dejar trascender aquello que pueda molestar al otro. Pero a medida que pasa el tiempo las relaciones se van haciendo menos lúdicas, más firmes, surgen diferentes cambios y cada cambio implica una crisis.
A menudo acuden a mi consulta personas que han perdido los sueños e ilusiones de pareja, a veces debido a la rutina, otras a la sobrecarga de tareas de la casa y muchas con el nacimiento del primer hijo; acaban aislándose cada uno en su mundo personal, alejándose inevitablemente el uno del otro.
La pareja pasa por fases muy diferentes que muchas veces aparecen como graves crisis. Pero es bueno entender que dichas crisis son esperables en todo proceso. Es muy importante poder tratar y superar esas crisis ya que es la única manera de poder sostener una pareja madura. Una de las claves consiste en poder diferenciar una crisis de un final definitivo, y es en estos momentos cuando se debe buscar ayuda profesional antes de que ésta ya no sea efectiva. Si bien, en ocasiones, aún empezando una terapia de pareja tarde para solucionar la crisis, la terapia ayuda a que el final sea algo más amable y menos doloroso.
Existe una fuerte resistencia a pensar que nuestras relaciones tienen problemas. El reconocer que puede que haya algo que no funciona es casi como admitir su fracaso. Las parejas se autoengañan pensando que es solo una temporada, que es debido a los niños, al estrés laboral, a una mala racha o a un sin fin de excusas, con tal de no reconocer que existe un problema al que se le deben dar soluciones efectivas. Otros se resignan pensando que nada cambiará y ya no hay solución posible y mejor continuar "aguantando" la situación por el bien de los hijos, cuando los niños son los primeros que perciben en el hogar la falta de amor entre sus padres, lo cual es mucho más dañino para ellos que una separación.
La terapia de pareja es muy útil si nos importa volver a recobrar los sueños e ilusiones por compartir planes de futuro. Si bien es cierto que no siempre funciona, tal vez debido a que en general se atrasa hasta que los problemas son demasiado profundos. El mejor momento para iniciar una terapia es cuando comienzan los problemas que no pueden ser resueltos por sí solos. Cuando esas situaciones se dejan pasar pensando que van a solucionarse milagrosamente se suelen acumular sentimientos de frustración dañinos para la relación.
Sabemos que el proceso de convivencia es complicado y que produce un desgaste en la relación. Esto se debe al proceso intrínseco de la propia convivencia y a todos los cambios, tanto personales como externos, que se dan en la vida de cualquier pareja, y que afectan en esa convivencia.  Este proceso de desgate es lento y las parejas no acuden de inmediato a buscar ayuda, intentan resolver los problemas con infinitud de mecanismos, no siempre acertados, como: dándose un tiempo, haciendo como si nada pasara, como si los problemas se solucionaran por ciencia infusa o con la esperanza que el otro "ya cambiará". Estos mecanismos erróneos aumentan los niveles de insatisfacción y malestar en el seno de la pareja. Es entonces cuando muchas parejas se plantean la posibilidad de realizar una terapia. 
El proceso de tomar la decisión no es fácil. Muchos de los casos que vemos en consulta son personas que han tardado tiempo en tomar la decisión, aún siendo conscientes de los problemas que tienen, bien por desconocer en qué consiste la terapia, hecho que conduce al escepticismo, bien por desconfianza sobre la ayuda que realmente pueden recibir. Generalmente, cuando acuden, suele haber un acontecimiento negativo reciente como detonante que ha provocado la decisión de llamar para esa primera cita. Pero hay un desconocimiento sobre “qué es” y “cómo no puede ayudar” la TERAPIA DE PAREJA. Entendiendo que esta falta de información cause escepticismo y retrase el acudir, provocando un mayor desgate en la relación, pensamos que dar una información clara y sencilla sobre el proceso de la terapia, acerca de lo que hacemos, cómo son las sesiones, etc. puede ser de ayuda para muchas personas que están viviendo una situación difícil en su relación de pareja y se han planteado la posibilidad de utilizar este recurso.

La terapia, mejor si es en familia

Los seres humanos somos seres relacionales, es decir, solo podemos ser entendidos en relación con los demás. Por eso, en ocasiones, cuando una persona sufre un problema está relacionado con su interacción con otros miembros de su grupo social; el primer grupo social que establecemos y el más importante es la familia.
Todos sabemos lo que es una familia pero la mayoría desconocemos lo complicado de su funcionamiento y las reglas que éstas mantienen. Una familia funciona como un sistema, por lo que un solo miembro de la misma no podrá cambiar la dinámica familiar en caso de ser ésto necesario; se requerirá entonces la figura de un especialista en la materia, ajeno al sistema. Además, será necesario que los miembros de la familia estén dispuestos a participar de esos cambios.

Normalmente llegan a mi consulta madres y padres preocupados por el comportamiento de sus hijos. Sin embargo, en la mayoría de ocasiones el problema no está en la persona que acude como paciente, sino en el funcionamiento conjunto y las reglas de esa familia, que acaban produciendo que alguno de los miembros desarrolle lo que llamamos síntomas, que otros miembros de la familia confunden con comportamientos extraños o inadecuados.
Casos como "mi hijo hace lo que le da la gana", "mi marido no me hace caso y hace su vida", "mi hija no se centra en los estudios", "tiene problemas con todo el mundo", "resulta que se junta con gente que no le conviene", son muchos de los síntomas que se pueden desarrollar en una persona que forma parte del sistema familiar que no funciona de forma adecuada, desarrollándose así esa "conducta alterada".
La función del psicólogo especialista en terapia familiar no es otra que la de facilitar que los miembros de ese sistema se comuniquen entre ellos de una forma sana para desarrollar realciones coherentes.
Por otro lado, todas las familias entran a lo largo de su vida en varias crisis. Las crisis suponen un cambio y, como cualquier modificación, un período de inestabilidad. En ellas podemos ver un peligro o una oportunidad de mejora y evolución. En las crisis familiares las relaciones entre sus miembros pueden mejorar o empeorar; lo que harán, inevitablemente, es cambiar y dependiendo de cómo esa familia afronte la crisis y las ayudas que tenga lo hará para mejora o empeoramiento de ese sistema familiar.
Podemos entender las crisis también desde el punto de vista de que lo que siempre había funcionado en una familia se queda anticuado y ya no sirve y lo nuevo aún no ha llegado y es desconocido, por lo que nos da miedo.
El psicólogo, cuando acude una persona con un problema determinado, no trata de curar un síntoma, pues lo que provocó dicho síntoma, desde el punto de vista del sistema familiar, es un funcionamiento insano. No se trata de culpar a nadie, ni siquiera al funcionamiento de la familia, sino de intentar que el sistema se equilibre y de observar desde fuera al sistema para dar una nueva perspectiva de cambio y mejora a fin de que todos los miembros de esa familia se impliquen en ese reajuste y cambio hacia un equilibrio. No cabe duda de que cada familia y cada miembro de la misma lo hace lo mejor que sabe y tiene sus propias reglas, pero las inevitables crisis y etapas que todas las familias atraviesan hacen que las reglas deban ir renovándose y cambiando. En ocasiones, para poder ayudar un psicólogo a una persona, debe contar con la ayuda de su familia y averiguar qué factores de las interacciones familiares le están ayudando o perjudicando. Así, una de las formas de intervenir en psicología es la terapia familiar.
A veces, el terapeuta decidirá contar con la colaboración de algunos miembros de la familia o con todos ellos y les reunirá en consulta. Otras, les citará de manera individual, pero siempre tendrá presente las relaciones que el paciente establece con su entorno familiar y trabajará sobre ello.
En todo caso, en Terapia Familiar el proceso terapéutico es similar (en sus etapas e intervenciones) al de la Terapia Individual, con la diferencia de que se trabaja con la familia y las relaciones que el paciente establece en ella.
Las familias, aunque tengan dificultades, tienen un potencial muy grande para cambiar y funcionar mejor. La terapia familiar trata de usar ese potencial para favorecer los cambios, intentando ayudar a buscar una forma alternativa para solucionar los problemas que produzca menos dolor, angustia o frustración en la persona o personas afectadas. La finalidad es mejorar la comunicación entre los miembros trabajando con todos a la vez. De esta manera, la posibilidad de cambiar la situación es mucho mayor. Uno de los inconvenientes en este tipo de terapia es su larga duración, ya que los tratamientos que buscan modificar dinámicas que llevan años de evolución no se pueden hacer a corto plazo, atendiendo a que la disfunción familiar se produce a lo largo de años, por lo que, como mínimo, se necesitan varios meses o años, dependiendo del tipo de problema. Sin embargo está comprobado que las personas que hacen terapia familiar durante un tiempo prudencial se benefician notoriamente. 
Si vemos que un problema que hemos intentado solucionar en repetidas ocasiones y nos genera sufrimiento en nuestra convivencia familiar no tiene solución, muchas veces, el realizar una terapia familiar con un especialista puede ayudarnos a encontrar otras soluciones que alivien un malestar de muchos años de evolución y hacer cambiar situaciones que parecía imposible que mejorasen. Ahora bien, un último consejo: en caso de escoger este tipo de terapia o sernos ésta aconsejada por parte de un profesional, es importante recurrir a un psicólogo que esté especializado en terapia familiar.